Una vida, pura vida (parte 2)

Este escrito forma parte de una serie. Si te perdiste la primera parte, visita el enlace. Si ya la leíste, continuamos a partir de mi adolescencia temprana.

Ya entonces veía a los demás como hechos causales, como he comentado incluso en los vídeos. No obstante y hasta que no se demuestra merecedor de otra cosa, suelo dispensar un trato cortés y amigable a la gente. Por aquel entonces les premiaba con mi silencio y una mirada que decían que era de “perdonavidas“. Una mirada penetrante e inquisitiva, fija y casi agresiva. Al parecer me acompaña todavía, ya que no me canso de oír “miras perdonando la vida, como si te hubieran hecho algo“.

En parte me lo hicieron. En parte me lo hice yo mismo también. Cuando terminé mi época en el colegio y tuve que empezar la secundaria… Fue mi batacazo colosal en los estudios pero el aspecto social en cambio, fue a mejor de forma exponencial.

Quién sabe en qué momento tomé la determinación de conocer y dejarme conocer por algunos de mis compañeros de clase y por alguna que otra chica también.

Tuve mis primeros rollos como aquel que dice, en mi primer año de secundaria. Tuve ocasión de descubrir con sólo dos rollos en mi haber… Que la sutileza es una virtud JODIDAMENTE NECESARIA, y que si vas a estar con una persona que realmente gusta de ti y te quiere, puede ser una buena idea evitar sucumbir a los rollos de una noche, o de un fin de semana. Mejor que buena incluso.

Fue también entonces cuando hice otros amigos, también. En concreto a varios que llegaron a ser grandes amigos, y con los que la cuestión de liarse a mamporros seguía vigente… Esta vez como sparring o bien por entrenamiento y diversión. Nunca llegamos a darnos palizas serias, aunque alguna vez acabábamos con chichones o moraos.

A lo largo de todo este periodo, tuve contacto con un psicólogo y practiqué Aikido durante dos años. Nuevamente obtuve de ambas experiencias valores que ayudaron a potenciar mis atributos positivos. Descubrí así mi amor por la filosofía oriental y la psicología… Y algunas de las claves de mi persona actual.

Dentro de las labores que el psicólogo tomó a su cargo estaba el ayudarme a estar más centrado, más cómodo en mi propia piel y seguro de mi mismo, en mayor contacto con mi mente y mi conciencia profunda, con mis instintos… Y también algo de ayuda para controlar mis impulsos sensoriales o mi percepción del dolor. Me enseñó a relajarme completa y profundamente y otras cositas no menos apetitosas.

En cambio… Mi maestro de Aikido me transmitía pequeños retazos de joyas filosóficas que constituían la esencia de la parte mas mística y esotérica de este arte marcial. También tuvo tiempo para darme un par de lecciones sobre la vida, sobre cómo a veces el estoicismo, la paciencia y tener algo de mano izquierda para guardar la compostura y actuar como debemos nos ayuda a obtener un beneficio para todos, en vez de crear conflictos por buscar el beneficio personal negándose a beneficiar también a los demás.

También fue entre estas edades cuando conocí a mis primeras novias y viví buenos momentos con ellas. Dieron forma a mi lado romántico y con una de ellas perdí la virginidad. Por otra parte también fue entonces cuando Silvia y yo nos conocimos y enamoramos. Tal vez algunos recuerden haberme oído mencionarla (a Silvia, por si alguno se pierde) como mi primer amor.

Sintetizando el tiempo entre mis 12 y mis 16 años puedo decir que fui un caso notable de fracaso escolar a pesar de contar con capacidad de sobra y un alto CI (159 para los que quieran el dato exacto, según recuerda mi madre unas pruebas realizadas en segundo de primaria; yo recordaba 20 puntos menos). Abandoné la secundaria y probé suerte con otras cosas mientras tanto.

Lo siguiente que veremos sobre este tema abre un poquito más los horizontes. Seguimos desde los 12 años, pero esta vez me extenderé un poco más hasta los 18.

Pero… Todavía no. Continuaré con este tema en un tiempo.

Acompáñame en la tercera parte.

Kheldar

2 comentarios en “Una vida, pura vida (parte 2)

  1. Siempre he pensado que enfrentarse a narrar pequeños episodios de nuestras vidas es un acto valiente.
    Un besazo, truhán.

    • En cierto sentido, requiere doble ración de valentía. Una para contar la historia, y otra para hacerlo honestamente y sin falsearla.

      Doble función para una sensación única. Me lo guardo en la cartera, y te mando otro Abril.

¡Comentar es sexy! No temas compartir tu punto de vista; nos encantará leerte. =)