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No puedes enseñar a un «perro viejo» trucos nuevos

Antes de comenzar con esta entrada inspirada en el viejo refrán del «no puedes enseñar a un perro viejo trucos nuevos», quisiera hacer un pequeño inciso.

La profesión que me he labrado con este blog (y con mis contribuciones en distintas comunidades virtuales) contradice una parte del sentido de este dicho popular; ya que he roto los esquemas de muchas personas que me doblaban y hasta triplicaban la edad.

Cientos de personas, prácticamente todas mayores que yo, han podido comprobar ya mi eficacia y calidad como asesor, consejero y similares. Y eso me tiene bastante contento, de hecho.

Alguno que otro ha llegado a decir que «a lo tonto, entre la formación y el apoyo, hasta le hago terapia sólo por estar en contacto conmigo». Es por eso que me lancé a ofrecer mi propia cartera de servicios, enfocándolos en crear mis propias comunidades con toda intención.

Y todo comenzó gracias a desafiar un proverbio como «no puedes enseñar a un perro viejo trucos nuevos»

¿Será verdad este dicho popular? Incluso hace de título de una canción de Seasick Steve (un músico que descubrí recientemente). Escúchala pinchando en el siguiente enlace: You Can’t Teach an Old Dog New Tricks.

Tendemos a desarrollar estructuras sólidas para darle sentido y propósito a nuestras vidas. Esas estructuras tienen nombres como «valores», «creencias» «actitudes» y «estilos de vida», entre otros. Y tendemos a dar por hecho que no es tan sencillo modificarlos, transformándose así en una versión cada vez mejor de nosotros mismos.

Pero eso no nos desanima, ¿verdad? ¡Algunos perros viejos seguimos persiguiendo el hueso de los trucos nuevos!

De un tiempo a esta parte, cada vez más personas han llevado a cabo estudios sobre el aprendizaje y la re-estructuración de los pensamientos, creencias e ideas más profundamente arraigadas en las personas.

Te lo cuento como contraste al saber popular. Se dice en España, mi país de origen y crianza, que cuanto mayor es la persona más cabezona se vuelve. ¡Y seguro que en tu país hay una idea semejante a esta!

Cabezona, terca, cerrada… Da igual la palabra que usemos, ya que lo interesante es la connotación.

En casi todos los países del mundo damos por hecho que a determinada edad perdemos la capacidad para sorprendernos y para descubrir nuevos y mejores modos de vivir la vida. ¿No es un poco triste?

Y es que perder la maravilla ante los trucos nuevos es lo que lleva a los perros viejos más rápido a la tumba…

Esto deriva en uno de mis temas favoritos, que es el de la resistencia al cambio… En especial en dos sentidos:

Por un lado, están las personas que, como yo mismo, tendemos a ponderar y a cuestionar todo.

Es muy común que los que somos así rechacemos cambios que percibimos como redundantes, innecesarios y/o perjudiciales. Y también es muy común que si vemos una necesidad y una utilidad real, seamos los primeros en adoptar y difundir los trucos nuevos, por muy perros viejos que seamos.

Por otra parte, hay personas que dicen tener una necesidad de cambio; y sin embargo, se resisten frente a toda propuesta que modificaría su situación y las causas de la misma.

Pero ojo, porque no sólo es que a menudo no puedes enseñar a un perro viejo trucos nuevos… Sino que muchos presentamos esta misma resistencia al cambio según como nos vaya en la película

Es muy común para nosotros pedir ayuda para adelgazar, ponernos en forma, aprender idiomas u obtener nuevas habilidades… Tanto como perder fuelle y terminar ignorando las pautas y consejos que nos han brindado para lograrlo, por desgracia.

Algunos concluímos que se debe precisamente a esa negativa (voluntaria o no) a darle cabida a ideas, actitudes y estilos de vida diferentes de aquellos que ya hemos validado y sentimos que ya «nos definen».

Un proceder que nos termina encerrando en cámaras de eco y nos enclaustra en círculos viciosos.

Y como los seres humanos no podemos evitar comunicarnos, porque es nuestro rasgo más definitorio, manifestamos la resistencia al cambio en nuestras interacciones de dos formas muy curiosas. A saber:

Ante personas en exceso cerradas, radicalizadas y/o intransigentes; aparecen las posturas despreciativas e irrespetuosas y los ataques hacia las mismas, así como hacia sus actitudes e ideas. 

Circulan ciertas citas en internet, que se suelen atribuir a José Saramago y a Winston Churchill, que dan buena idea de esto.

Al primero le cuelgan el mochuelo de haber dicho que «los fascistas del mañana en poco se parecerán a Hitler o Mussolini, con su duro gesto militar; sino que van a ser hombres hablando de todo aquello que la mayoría quiere oír». Y al segundo se la regalan más cruda, atribuyéndole haber dicho que «los fascistas del futuro se autodenominarán antifascistas».

Del que sí se sabe que hizo una explicación en toda regla desgranando la paradoja de este fenómeno, es Karl Popper. La tolerancia sin límites acaba destruida por los mismos intolerantes a los que da cabida, en amplio resumen.

Por suerte, hay otra cara para la moneda… Aunque si ves en esto una falsa dicotomía, me encantará que me ilustres con las posibilidades extra que encuentras en esta circunstancia.

Y ante personas cerradas a incluir la idea porque consideran oportuno mantener su postura: puede ocurrir lo anterior o bien puede ocurrir algo totalmente diferente: el debate constructivo.

Por definición, el tipo de debates que todos queremos mantener, pues suele resultar beneficioso para todas las partes, pues contribuye al desarrollo y enriquecimiento de las ideas de todos.

Abierto, respetuoso y cordial. Con firmeza y vehemencia, pero sin transgresiones ni agresiones. Respetando las mismas reglas que para el pene con nuestras ideas:

  1. Está bien tener,
  2. También está bien sentirse orgulloso de lo que tienes,
  3. Pero no está bien que lo enseñes sin que te lo pidan,
  4. Y tampoco está bien que se lo intentes meter a los demás a la fuerza (especialmente a los niños).

Por ejemplo, no debes intentar convencer a alguien de que vaya en contra de su propia naturaleza si lo que deseas es prestarle un servicio educativo.

Si le quieres imponer un punto de vista y/o una distinción entre correcto y equivocado, estás más cerca de la manipulación y el adoctrinamiento que de la educación.

Y llegas así hasta otra de mis paradojas favoritas, que he llegado a señalar a compañeros profesionales de la educación en Twitter: o fomentas el criterio propio y el espíritu crítico, o entrenas a la gente para compacerte a ti y a tus criterios de corrección.

Algunos, en un gesto que les honra y que genera un nuevo giro paradójico, dicen estar de acuerdo conmigo hasta el límite que marcan los derechos humanos.

Y la ironía en esa afirmación es, mira por dónde, ¡que su límite escogido también se convierte en una soga y un cadalso para sí mismos! Por aquello de la libertad de credos (no necesariamente religiosos) y asociación, y la no discriminación en función de estos criterios.

Otra vez la tolerancia mordiéndose la cola y enfadándose consigo misma por hacerlo, vaya…

Esta clase de situaciones paradójicas las vivimos diariamente. Por eso, lo de que no puedes enseñar a un perro viejo trucos nuevos es un catecismo que todos conocemos en cierta medida.

Conversaciones con nuestros padres y amigos, con profesores, jefes, compañeros, vecinos…

Tanto si es mucho lo que os une como si hay un mundo (y un Internet) que os separa, lo más normal hoy día es que te cierres a los modos de ver y de vivir la vida de los demás. Y en ocasiones, incluso si te los presentan como los estilos de vida más exitosos y atractivos. ¿Te lo imaginas?

¿No? Pues permíteme un nuevo ejemplo.

Es frecuente disentir con personas con las que compartes tu vida habitualmente; pero también lo es disentir con personas que tienes en tus entornos en vivo y en tus redes sociales, a quienes conoces y tratas mucho menos. Incluso con personas que recién conoces, sea cual sea el motivo que os cruzó en el camino.

Y como no hay mejor ejemplo que el personal, te cuento dos casos donde este perro viejo no hizo caso del truco nuevo que le querían endilgar

Siempre he sido una persona de convicciones firmes, así que hay experiencias locas y chistosas de sobra para usar de ejemplo aquí… Pero escogeré dos que son las que más frecuentemente rescato.

Recuerdo un desencuentro con una persona que afirmaba que «le tengo miedo a las drogas, al alcohol y a perder el control de mis actos», por el hecho de haberle comentado que por decisión personal evito dicho consumo. Ya que ni me gustan, ni me aporta nada (aparte del gasto económico, claro está).

Le invité a seguir cada uno por nuestro camino, con la coletilla de «a ver quien acaba peor el primero». La última noticia que tuve es que se coló en un sitio para beber y drogarse con unos amigos, y que prendió fuego a una bañera llena de aislante térmico.

Quemaduras en el 80% de su cuerpo. Qué gran ejemplo para no seguir, el suyo…

Además, te cuento cómo alguien logró reafirmarme en la idea de que si necesitas drogas o alcohol para estar con alguien es que realmente no lo deseas

También recuerdo un momento particular donde una persona y yo chocamos porque le dije que no me gustaba alcoholizarme para acercarme a conocer personas, y que no me gustaba tratar con personas que fueran alcoholizadas.

Hasta cierto punto es tolerable, aunque cada vez menos; en especial desde que se ha instaurado una cuestión sobre el consentimiento con un horrible doble rasero.

Lo primero que pensaba es que los efectos depresores del alcohol lo estropean todo. ¡Y no me refiero sólo a los más que posibles gatillazos! Imagínate no disfrutar nada, estar súper torpe o hasta no poder evitar quedarte dormido en mitad de la faena.

El punto más chocante para esa persona, sin embargo, fue que yo piense que si hay alcohol por medio, ninguno de los dos tiene el mérito de llegar a estar juntos.

Y lo creo así sencillamente porque el alcohol ha facilitado un acercamiento que, tal vez, con todos tus filtros en alto, no considerarías ni en broma.

También le chocó que dijera que el alcohol, en especial si te pasas, es un arma de doble filo… Ya que puedes llegar al punto de no recordar.

Eso es algo que resulta muy problemático, tanto para el bien como para el mal…

Te priva de recordar lo que hiciste, lo que pasó y lo que salió bien, mal o regular, por si quieres aprender de la experiencia y mejorar en el futuro.

Y también te puede inducir a pensar que ocurrieron cosas que no pasaron, en busca de un modo de llenar las lagunas y de justificar tus acciones… En especial si alguien viene a pedirte cuentas por ello. como lo que hiciste mal, por si quieres corregirlo.

En definitiva, usa mi consejo favorito: ¡no pierdas de vista la responsabilidad personal y ándate con ojo con las personas victimistas!

Este es el mayor consejo que desafía el proverbio «no puedes enseñar a un perro viejo trucos nuevos«; ya que los choques frontales con la vida, con los cambios a los que no logras adaptarte, y con los malos manejos de personas con intenciones aviesas se encargan de enseñarte la lección ni que quieras ni que no…

Y con mucha suerte, aprender así no te jode la vida entera en el proceso.

Ahora bien… Supongo que es buen momento de cerrar el escrito y dejar a los demás que aporten sus opiniones.

¡Abrazos!

Kheldar

Por Sergio Melich

Pedagogo por la Universidad Complutense de Madrid. Comunicador y mentor por vocación. Experto en Comunidades Virtuales. Autor de las webs La Vida es Fluir (mi blog) y Comunidad Fluyendo.

Aventurero y Heartist (una persona comprometida a vivir, crear y obrar con cabeza, corazón y conciencia). Escribo sobre el Buen Vivir: autoaprendizaje, estilo de vida, habilidades sociales, relaciones y más. Apoya mis proyectos: https://www.patreon.com/lavidaesfluir

2 respuestas a «No puedes enseñar a un «perro viejo» trucos nuevos»

Creo que el sentido de la frase es otro. Aquí se habla de que las experiencias pasadas nos limitan incluso se llega a decir: Varias personas han podido comprobar ya mi eficacia y calidad como asesor, consejero y similares.
Pero yo creo que se puede analizar mejor la expresión y de un modo constructivo, Al perro viejo no se le pueden enseñar trucos nuevos porque desde su experiencia ya conoce la vida, no hay nada nuevo bajo el sol. Es como si por ejemplo en mi trabajo quisieran que un joven recién terminados sus estudiosos pudiese enseñarme como se debe de hacer las cosas en el trabajo. Desde luego no es resistencia a la innovación porque si una empresa se queda estancada en la mentalidad de hace treinta años al final tiene que cerrar, Lo ya dicho, nada nuevo bajo el sol, y al perro viejo ya no se le puede enseñar nada porque sabe más por lo años pasados al pie del cañón que por los años estudiando.

Sí amigo chisposo, el sentido de la frase es uno diferente.

Lo que no se puede hacer es coger solamente el principio del texto y bajarse a la sección de comentarios. No al menos si no se quiere correr el riesgo de generalizar en falso.

Ahora bien, tienes razón en una cosa: cuando alguien ya tiene experiencia o historia personal con algo, no quiere que nadie venga a cambiarle el modo en que hace las cosas o las entiende; a no ser que sea un modo demostradamente mejor y que el que conocía se haya vuelto anacrónico y haga peligrar su continuidad profesional.

Es lo que pasó con los periódicos cuando el salto digital hizo bajar en suscriptores a las ediciones impresas. Y es algo que hasta ha llegado a aparecer en la ficción popular. Por ejemplo, en la serie House of Cards hay un ejemplo de transición necesaria. Hoy por hoy es difícil ver un periódico de relevancia que no tenga lo que ellos llaman su «impresión digital».

Por otro lado, en la película Up in the Air hay un ejemplo de transición forzada que no se adapta igual de bien al contexto. Y no porque el personaje de George Clooney sea perro viejo precisamente, sino porque su trabajo es de aquellos que no se pueden automatizar.

Como todo, es algo que es susceptible de mejora y evolución. Publiqué esta entrada hace siete años y he cambiado muchas cosas en mi vida, te lo aseguro. 😉

Un abrazo y bienvenido siempre que gustes.

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